*
De 1942 a 1964, miles de mexicanos formaron parte del llamado Programa
Bracero. Cincuenta años después, nos cuentan sus historias.
JESUS RIVERA
LA PRENSA / Reportaje
DON BLAS
Las horas transcurren
en aquella oficina de gestoría localizada por la calle París,
en la colonia Beaty y para Don Blas Barreiro Sánchez, es un día
como cualquier otro.
El calor es agobiante, pero este anciano de baja estatura, sombrero norteño
y grandes lentes oscuros parece no sentirlo.
De vez en cuando dormita en un desvencijado sillón de automóvil
que alguna alma caritativa colocó ahí.
Jovial, a pesar de sus 73 años, levanta un poco la mirada y entorna
los ojos para recordar épocas pasadas.
Era el tiempo en que Reynosa apenas llegaba a la orilla del canal Anzaldúas
y la refinería estaba en construcción.
Como muchos otros jóvenes, Don Blas periódicamente cruzaba a
nado las aguas del río Bravo para internarse en los Estados Unidos
y ganar un poco de dinero extra en los campos de cultivo.
En ocasiones los sorprendía la "migra", pero como dice, "en
la mañana nos aventaban y por la noche ya estábamos otra vez
allá, con los gringos".
Fue en 1942 cuando el gobierno de Franklin Delano Roosvelt decidió
crear un programa para contratar temporalmente mano de obra mexicana.
Debido a la entrada de aquel país a la Segunda Guerra Mundial, la demanda
de braceros se incrementó y los campos se vieron saturados poco a poco
de mexicanos procedentes de todas partes de la República.
Relata Don Blas que la contratación se hizo en Monterrey, donde se
les entregó la carta de contratación.
"No batallamos porque nos daban preferencia a los que llevábamos
la carta. Nos enviaron al Paso del Aguila, a Piedras Negras y anduvimos trajando
en Pecos, en La Mesa, en Naco City y muchos pueblos que se me escapan de la
memoria", reveló.
En los grandes ranchos agrícolas se pizcaba el algodón pero
también sandía, tomate, cebolla y melón.
"Después se nos terminaba el contrato y nos veníamos aquí,
al Valle, otras veces nos enviaban lejos, hasta Mariana Arkenso, donde trabajé
por última vez".
Al término del programa, Don Blas, como muchos miles de mexicanos,
retornaron a sus lugares de origen.
Como en su juventud trabajó de carpintero en la refinería, puso
un pequeño taller ahí mismo, en su casa.
Comentó que en aquel tiempo vivían sus padres en un pequeño
rancho de su propiedad, por la carretera a Monterrey, casi frente al rancho
El Jabalí.
"Vivían los viejos ahí, solitos, así que decidimos
vender el racho para traerlos a Reynosa. Lo compró un amigo por 9 mil
pesos y a mis padres les compramos un terreno de 1,500 pesos y una casita
de madra de 800",-agregó.
Como parte de sus anécdotas, cuenta Don Blas que llegó a tener
problemas con la justicia ya que, por querer sacar a sus padres de la miseria,
tuvo que hacerla de burrero.
Fue detenido y purgó su condena para después reintegrarse al
trabajo honrado.
DON FELIX
Don Félix Castillo Hernández se desplaza todos los días
desde las granjas hasta la oficina de la calle París.
Su mujer, Mauricia Calderón, lo acompaña casi siempre. Ambos
están esperanzados en que el Gobierno finalmente les entregará
los poco más de treinta mil pesos a que tienen derecho por el fondo
de ahorro que el Gobierno de Estados Unidos enviaba al país por cada
uno de los trabajadores mexicanos amparados bajo el "Programa Bracero".
"Yo aquí estuve trabajando en el Valle, en el riego, pizcar y
regar plantas. En Houston también estuve pizcando en algodón",
recuerda.
A pesar de su avanzada edad, recuerda vívidamente los trabajos en la
labor, recolectando los capullos de algodón que luego se enviaban a
las despepitadoras.
Según dijo, la pobreza en que vivía lo obligó a enrolarse
como bracero.
Hoy, a más de cincuenta años de distancia, presume que una de
sus hermanas se casó con un americano y que tiene varios hijos en Houston,
Texas, los cuales tuvieron a su vez descendencia al paso de los años.
DON JOSE
Don José Ramírez Contreras llegó a Reynosa a los 17 años
"cuando no había nada en todo esto".
Trabajó durante algún tiempo en una despepitadora que había
en Reynosa. Después tuvo la oportunidad de contratarse de bracero y
anduvo trabajando en la pizca de algodón, tomate, cebolla, limón
y toronja.
Incluso llegó a ir al estado de Michigan para cortar durazno y a la
limpia de la fresa.
En el tiempo que duró el programa, se contrató en diversas ocasiones,
llamado por el deseo de ganar dólares para mejorar las condiciones
de su familia.
MANO DE OBRA BARATA
La mano de obra mexicana ha sido fundamental para el crecimiento de la economía
de los Estados Unidos.
De 1942 a 1964, período que duró el "Programa Bracero",
casi 5 millones de compatriotas entraron a laborar en los campos agrícolas
de aquel país, convirtiendo la agricultura norteamericana en la más
rentable a nivel mundial.
Mientras que el campo mexicano se debatía en una tremenda crisis, no
superada desde la Revolución, muchas familias vieron en el programa
bracero la solución a su pobreza.
Algunos lo lograron, petro otros, la mayoría, siguieron viviendo con
carencias.
Eliezer Torres Pérez, Coordinador de la Comisión Binacional
de Braceros comenta que un personaje cuya edad en la actualidad es de 90 años,
cruzó a los Estados Unidos con la esperanza de ganarse algunos dólares
en la pizca.
En su pueblo natal vivía en una choza con su esposa e hijos.
Con esa idea en mente, se enlistó al programa. Para llegar a Arkenso,
su destino, tuvo que pasar infinidad de penalidades, vivió tres días
en una banqueta, comiendo pan duro.
En cierta ocasión pasó frente a una "pollería"
o rosticería.
A pesar de que traía los zapatos rotos, decidió entrar y consumir
un pollo entero con su respectiva soda.
Al terminar le dijo al empleado: "Pues no traigo dinero, pero sí
traigo ganas de trabajar".
El hombre se quedó laborando en ese lugar y hoy es dueño de
una cadena de rosticerías en Estados Unidos.
Torres Pérez tiene entre su acervo de anécdotas, la de aquellos
compadres que fueron a pizcar a una comarca lejana, al norte de Estados Unidos.
Día tras día, uno de ellos manifestaba su ferviente deseo de
regresar a su tierra con dinero suficiente para que su familia ya no pasara
miserias.
En una ocasión, el otro hombre vio que su compadre se esforzaba más
de la cuenta y fue hacia él.
Le preguntó qué sucedía y el compadre le respondió:
"¿Ves mi sudor? Pues cada gota representa un bocado de comida
para mi familia".
Y así siguió, hasta sangrar las manos.
Por la tarde, el hombre ya no se levantó, víctima del cansancio
y falleció en plena labor.
Con el dinero que le pagaron, el otro compadre se trasladó hasta el
pueblo de su amigo muerto y llegó con comida para su familia.
"¿Dónde está Juan José"-así se
llamaba el difunto- le preguntó la esposa.
"Aquí está, comadre"
"¿Dónde, que no lo veo?", le respondió la compungida
mujer.
"Aquí, en la comida. Mi compadre murió para que ustedes
pudieran tener comida", y se retiró cabizbajo de la humilde choza.
Como éstas, son cientos las anécdotas que tienen que contar
los ahora ancianos exbraceros que esperan el pago de su fondo de ahorros.
Historias estrujantes de personas que dejaron su casa, su familia en busca
del sueño americano que nunca llegó.