LOS
OLVIDADOS
*
Ahí están. Los vemos en las calles, demabulando de un lugar a
otro con su locura a cuestas, invisibles para una sociedad cada vez más
consumista. Son los olvidados
JESUS RIVERA
LA PRENSA / Reportaje
Os valdo Hernández Chavez, de 27 años,
cayó en las garras de la drogadicción a la edad de 12 años
después que las probó por primera vez para ver lo que se
siente en su natal Salamanca.
Rodó de aquí para allá , consumiendo toda suerte de estupefacientes,
bebidas alcohólicas y llevando una vida licenciosa.
Relata que se sintió realmente mal porque sintió el rechazo
de la sociedad, tuvo malpasadas y sufrimiento. Aunque algún familiar
trató de componerlo, malinterpretó la intención
y pensó que era porque no lo querían.
A los quince años me salí de mi casa. Llegué a la
frontera tratando de cruzar al otro lado, de alcanzar el sueño americano.
Aquí me clavé mucho más, haga de cuenta que aquí
llegué al fondo. Consumí las drogas más pesadas. Antes
me drogaba y podía tener un empleo, pero aquí llegué a
consumir drogas más pesadas, a andar desaseado, a olvidarme de mí
y andar por las calles, dormir en puentes -allí, en el Anzaldúas-
en las plazas o donde me cayera la noche.
Para comer, Osvaldo y otros compañeros se dedicaban al robo en pequeña
escala o hurgaban dentro de los botes de la basura cuando no lograban obtener
el suficiente dinero para alimentar al vicio y a su estómago al mismo
tiempo.
Ahora es uno más de los huéspedes del Centro Victory Life, institución
filantrópica dedicada principalmente a rehabilitar a los drogadictos.
La institución trabaja también en coordinación con la Dirección
de Protección Civil para recibir a los indigentes y enfermos mentales
que deambulan por docenas en las calles de la ciudad.
José Luis Hernández Vicencio, encargado del Centro de Rehabilitación
expresó que se atiende a un promedio de veinte personas indigentes.
Ahí se les ofrece un techo donde dormir, comida y ropa.
Algunos, por consumir droga o alcoholes, han quedado enfermos de la mente,
dicen incoherencias y cosas sin sentido. A veces batallamos para cambiarlos
de ropa porque no quieren. Vienen traumados de la calle y piensan que aquí
les vamos a hacer daño, dijo Hernández.
Suele ocurrir que alguno se ponga agresivo, pero como afirma, la institución
realiza un trabajo voluntario y no se retiene a nadie.
Eso hace recordar la anécdota que cuenta el Director de Protección
Civil y Bomberos, Alberto Hernández Gallardo.
Asegura que en uno de los primeros frentes fríos de la temporada, levantaron
a un indigente cerca del puente internacional y lo llevaron al refugio de Victory
Life.
Un rato después, volvieron a encontrar al mismo sujeto por el boulevard
Alvaro Obregón.
De hecho, ese departamento implementó un operativo para proteger a los
indigentes que duermen en las calles, bajo los puentes, en las plazas públicas
o en construcciones abandonadas mediante su canalización al citado albergue.
Un porcentaje alto de ellos son personas con padecimientos mentales de ligeros
a graves, principalmente con esquizofrenia.
URGE CASA DE SALUD MENTAL
No hay un estudio estadístico sobre la población indigente.
Una buena proporción son individuos sin oficio ni beneficio que se acostumbraron
a vivir de la limosna pública desde que fueron niños de
la calle o bien, raterillos que hurtan en pequeña escala para mantener
sus vicios.
Para el Presidente del Colegio de Psiquiatría, Amadeo De León
Carrillo, la situación se torna crítiuca si se toma en cuenta
que muchos de ellos también padecen de enfermedades mentales causadas
por el excesivo consumo de drogas o la ingesta inmoderada de alcohol.
Otros padecen transtornos genéticos que desembocan en esquizofrenia,
comentó el especialista.
Por tal motivo, De León es uno de los más acérrimos defensores
de que se construya en Reynosa una casa de salud mental u hospital siquiátrico.
Siendo nuestra ciudad la más poblada de todo el Estado, debe tener prioridad
para un proyecto de esta naturaleza.
Lo más cercano que se tiene es una instalación en Matamoros, otra
en Tampico y una más en San Fernando, ésta última para
rehabilitación de drogadictos.
Sin embargo, en Reynosa prevalece una situación crítica, donde
una buena parte de los indigentes son sujetos esquizofrénicos que carecen
de toda atención profesional.
Son esquizofrenias crónicas diferenciadas porque ya tienen muchos
años y los síntomas están muy desarrollados, dijo.
La esquizofrenia es una enfermedad mental caracterizada por voces que el enfermo
escucha dentro de su cabeza, las cuales les platicas, les ordenan o los insultan.
Tienen delirios paranoicos y piensan que los andan siguiendo para hacerles daño
o para matarlos. Con frecuencia se les ve hablando solos y son potencialmente
agresivos para el resto de las personas.
De León agregó que al estar muy deteriorada su salud mental y
no tener familiares que los cuiden, se van rezagando en su aspecto físico.
LA GENTE DEBAJO DE LOS PUENTES
Bajo los puentes que cruzan el canal Anzaldúas viven decenas de indigentes.
Ahí duermen, ahí comen, ahí hacen sus necesidades fisiológicas
y ahí se drogan.
Las suites, como algunos les llaman, son en realidad los huecos
que quedan entre las placas de los puentes vehiculares y los taludes de los
canales.
Durante años, los viciosos e inadaptados sociales han cavado el talud
para hacerlo un poco más cómodo.
En temporada de frío, acopian gran cantidad de cartones que les sirven
como cama y se cubren con colchas astrozas o ropa que recogen de los botes de
basura.
Son las 9:00 horas del sábado 17 de diciembre.
Con una temperatura de cinco grados centígrados, nos asomamos a la parte
baja del puente San Luis.
Un sujeto de aspecto sucio se asomó y preguntó el motivo de la
visita.
Pidió 50 pesos para comprar un lonche y accedió a dar acceso al
reportero.
El piso es irregular y el techo está formado por las grandes
vigas que sustentan la superficie de rodamiento del puente.
Hacia el fondo se ve un bulto. Es una persona de edad avanzada que dijo llamarse
Eugenio Ramírez Rangel. Está cobijado de pies a cabeza con una
cobija igualmente sucia y maloliente, pero suficiente para cubrirse del intenso
frío.
Dijo tener familia, un hijo llamado Juan Manuel Ramírez que vive en La
Cañada en unión libre con Laura Ramírez Rodríguez,
pero desconoce el domicilio exacto.
Como muchos otros, ha acudido a instituciones de beneficencia, como el DIF,
donde le dieron sólo un pantalón y una camisa, los cuales trae
ahora puestos.
Otro desadaptado, José Moreno García, es un enfermo de diabetes
que perdió su familia, tras que cayó preso y fue enviado a las
Islas Marías.
Cuando regresó, encontró que ya no tenía casa, terreno
ni familia, porque éstos habían emigrado a Arkansas.
A pesar de que dijo ser músico, asegura que no le dan chamba
porque no cuenta con un instrumento musical, guitarra o acordeón.
En sus días y noches de soledad se consuela leyendo un viejo volumen
del Nuevo Testamento.