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La crisis económica obliga a muchas personas a ingeniárselas
para sobrevivir, y en las calles podemos ver algunas de las formas más
curiosas de ganarse la vida
JESUS RIVERA
LA PRENSA / REPORTE
ARRIESGAR EL PELLEJO
La necesidad de llevar
el sustento a la familia es el motivo más frecuente que argumentan
los trabajadores de las calles; aquellos que se arriesgan para obtener unas
cuantas monedas al día realizando actos insólitos, limpiando
vidrios o vendiendo todo tipo de objetos y comida.
Reacios a conceder entrevistas a los medios de comunicación porque
éstos suelen satanizarlos, sueltan a cuentagotas las respuestas a las
preguntas que se les hacen sin más interés que el de conocer
de cerca cómo viven y cómo trabajan.
Pueden observarse hasta muy entrada la noche, desde limpiavidrios, vendedores
de rosas, semillas de calabaza, cubiertas para lavadora o computadora, de
souvenirs; pedigueños, payasos, malabaristas y hasta menonitas que
venden los quesos que produce su comunidad.
Los cruceros más concurridos por los trabajadores de la calle son:
Boulevard Hidalgo con Praxedis Balboa, Boulevard Hidalgo con Herón
Ramírez, Tiburcio Garza Zamora con Boulevard Morelos, Tiburcio Garza
Zamora con calle París, Boulevard Morelos con Boulevard Lázaro
Cárdenas, Boulevard Morelos con Praxedis Balboa, Boulevard Morelos
con Alvaro Obregón -bajo el Puente de la Muerte- y Boulevard Margarita
Maza de Juárez con carretera a San Fernando, en la colonia Benito Juárez.
Bajo en Puente de la Muerte hay vendedores de churros, de gorditas, de hot
dogs y de semillas que venden sus productos entre los usuarios del servicio
de transporte colectivo.
Alternan con paleteros y comerciantes de discos piratas que se suben a las
unidades para ofrecer su mercancía.
El payaso Lagrimita es una de tantas personas que tienen su centro
de actividades en ese punto.
Se dedica a la venta de globos con los que hace figuras con gran habilidad,
como piolines, flores, bicicletas y otras.
Cada figura se vende entre diez y veinte pesos, de acuerdo con el tamaño
y la complejidad.
A pesar de su condición de minusvalía, ya que se transporta
en una silla de ruedas por un accidente que tuvo de pequeño que lo
dejó con una pierna inservible, Lagrimita obtiene suficiente
dinero para vivir al día y no depender de nadie más.
Originario de Río Bravo, llega temprano al Puente de la Muerte donde
suele vender más de cien pesos diarios de su mercancía.
ENTRE LOS AUTOS
Ser vendedor ambulante en un crucero requiere habilidad.
Francisco Maldonado Martínez vende fundas para lavadora, secadora y
computadora en el crucero de Herón Ramírez con Boulevard Hidalgo.
Según las condiciones climáticas, el ingreso que obtiene de
esa actividad oscila entre 100 y 150 pesos por día, tras descontar
el costo de la mercancía y el pago de la cuota por piso
que le cobran los insepctores municipales que es de entre 20 y 25 pesos diarios.
Con más de diez años desempeñando ese oficio, asegura
que jamás ha tenido un accidente, a pesar de que la mayor parte del
tiempo se la pasa toreando carros.
En las grandes avenidas hay situaciones estrujantes que dejan a los automovilistas
con un sentimiento de culpa o impotencia.
Un joven de entre 17 y 19 años de edad con un severo problema sicomotor
se dedica a limpiar vidrios en la calle Río Mante con Tiburcio Garza
Zamora.
En ocasiones se vuelve agresivo con quienes no le entregan alguna moneda,
sin embargo, lo más importante es preguntar porqué está
en las calles, quiénes son sus familiares y porqué las autoridades
no hacen nada por mejorar sus condiciones de vida.
Los minusválidos son parte del paisaje urbano.
Asombra el hecho de que no haya más accidentes de tránsito donde
salgan heridos.
Don Manuel, un hombre de edad avanzada que se coloca con su silla de ruedas
entre las dos filas de vehículos que transitan por el Libramiento María
J. González con las vías del ferrocarril, es un ejemplo de las
condiciones de inseguridad en que operan muchos de ellos.
ENTRE MALABARISMOS
José se dedica a sorprender a los automovilistas con una suerte de
malabares encendidos.
Junto con dos camaradas, aprovecha los escasos minutos que les dan los semáforos
del Boulevard Hidalgo con Praxedis Balboa para hacer su número.
Sin perder un segundo, impregna con gasolina, enciende los malabares y sube
a la espalda de su compañero, donde empieza a arrojar los bolos con
gran habilidad.
Diariamente repite su acto decenas de veces, con el peligro que conlleva manipular
el fuego.
Algunos automovilistas acceden a darles monedas fraccionarias pero por temor
a que salte alguno de los malabares hasta su cofre, prefieren quedarse a unos
metros de distancia.
José empezó a practicar con los bolos desde hace quince años
en su natal Puebla.
Se requiere mucha habilidad, dice orgulloso.
Aunque el malabarismo en las calles les permite obtener lo suficiente para
dar de comer a sus familias, la verdad es que eventualmente acuden a algún
circo populachero para solicitar empleo.
En algún momento de su vida debió irle mejor ya que tiene incrustados
en los dientes frontales unas figurillas de las que se usan en las cartas
para jugar pócker y un pequeño cristal que parece un rubí.
No obstante, su acto se vuelve más peligroso al caer la noche.
Los bolos encendidos dibujan figuras impresionantes que a más de un
automovilista le causa temor.
Una de las suertes más difícil es la que se conoce como el
árbol de navidad, que consiste en equilibrar uno de los bolos
encendidos sobre la barbilla y los otros dos sobre las palmas de las manos.
Pero definitivamente el acto que se lleva las palmas es el malabarismo doble,
cuando su compañero que lo sostiene manipula otros tres bolos con fuego.
Circo, maroma y teatro en las calles de Reynosa.