CONTEMPLACIONES
Por: Moisés García Flores 
Vista la manera en que Felipe Calderón resolvió el trámite constitucional de su toma de protesta y habiendo pasado revista a las dificultades que las fracciones parlamentarias de izquierda le hicieron afrontar pretendiendo apropiarse de un falso consenso moral de la sociedad mexicana, convendría ahora considerar que los mexicanos estamos ante una gran oportunidad de iniciar un tránsito sexenal en el que permanezcamos insistiéndole al ejecutivo federal, la conveniencia de continuar así, sin permitir que la vida republicana del país sea trastocada por la anárquica amargura de la izquierda, pero cuidando también que su mandato no se vista ni de ofensivo festín derechista, ni de mustia pasividad priísta.
Cruzar como lo hizo, el umbral del sexenio ante un escenario parlamentario de confrontación extremista, debe significar, que el nuevo presidente no permitirá que su investidura quede oculta y maltrecha tras el ropaje de la tolerancia hipócrita que permitió a la izquierda llevar a cabo un absurdo intento de cancelar inclusive, la tradición republicana de la ceremonia de transmisión de poder.
Ahora, de Felipe Calderón Hinojosa, lo que cabría quizás esperar, es que interprete y compacte a manera de síntesis, los clamores ciudadanos, reconociéndole a cada partido su específico valor parcial en el congreso, sin caer en el error de cancelar la posibilidad de que en las ideas de la oposición, pueda encontrar convenientes propuestas de solución para los múltiples problemas nacionales.
Y si Felipe Calderón en dicha síntesis de urgencias y desesperaciones ciudadanas reproduce, con doctoral abstracción, el verdadero sentimiento actual de la nación, podrá salvar los embates oposicionistas, dado que el peso de sus iniciativas estribaría en que éstas reflejen el justo clamor social. No hacerlo así, provocará, como en el sexenio anterior, que el clamor popular sea utilizado por la oposición congresista, como sustento de las contra propuestas.
Haberse negado a comprender lo anterior, fue entre otras, la razón fundamental del fracaso político de la administración saliente, en la que predominó la emoción egoísta que desvinculó las decisiones presidenciales de la esencia popular optando por dar trato despectivo a toda idea que proviniera de los oposicionistas. Celebremos entonces, que el ayuno sexenal de cordura presidencial ha terminado.
Inclusive para quienes no somos adictos a la condescendencia palaciega en ninguna de sus acepciones, llega por enésima ocasión, un tiempo para ver en el presidente entrante, una oportunidad para mejorar el futuro nacional. Nos haya gustado o no el resultado electoral, cada seis años renacen las esperanzas de que México avance.
Por eso, después de seis años, sin escuchar hablar al presidente de México en forma coherente y pausada; luego de 72 meses sin encontrar lógica en los discursos presidenciales; y transcurridos 2,190 días de bamboleo emocional sin priorizar jamás las causas nacionales; todo esto provocó que millones de mexicanos, al escuchar el discurso inaugural del presidente Calderón, volviéramos a disfrutar el gozo ciudadano que nos produce un mensaje bien hilvanado y bien dicho. Con ello al menos el decoro de la investidura, ha vuelto a Los Pinos.
Comenzamos por reconocer el carácter que el presidente Calderón demostró como punto de partida de su mandato y por lo pronto, aplaudimos que la institución presidencial no continúe ante propios y extraños, con rasgos de fragilidad humorística y aclaro que el hecho de reconocer que el primer conflicto se haya resuelto con atingencia, no quiere decir que hayamos encontrado el camino a la solución de todos los problemas. Para eso hace falta dar un paso más. El más difícil.
Lograr un único consenso que resulte del reconocimiento de la existencia de un sustrato común en el que las posturas partidistas pudiesen reconciliarse, aún en la diversidad de sus tendencias, para inducir el nacimiento de los más elementales puntos de acuerdo.
Si proyectara el gobierno de la república esta idea de un consenso dialéctico, no solamente como exitoso eje discursivo, sino como viento impulsor hacia el encuentro de un rumbo nacional certero, es decir que no sea intuitivo, estaremos llegando al fondo del problema del nacionalismo ideal que hemos venido anhelando los mexicanos, desde hace décadas.
Eso sí, cuidando que el triunfalismo panista no lastime a los derrotados, porque amén de la molestia anímica que provoca en los opositores la humillación del ¡si se pudo!, la mofa y la burla en la cultura mexicana, equivale a un virtual rompimiento que solo fomentaría la infertilidad del terreno político en el que Felipe Calderón ha sembrado su propósito presidencial de dialogar.
Quienes sin pertenecer al PAN, nos hemos unido a otra causa partidista entregando trabajo, tiempo, pasión e ideas al PRI, reconocemos que después de la derrota, lo que sigue es reconocerla con dignidad y continuar trabajando por la causa suprema que es México. Pobres aquellos que nunca se comprometieron con ningún partido y se postraron cómodamente en la superficial conveniencia coyuntural que hoy ofrece la definición postelectoral. Son y seguirán siendo, mientras el voto no se haga obligatorio, el gran estorbo de la nación. Son los que llaman corruptos a todos quienes participamos en la política; son en esencia, la voz de una mediocridad no solo innecesaria para el avance democrático, sino la piedra de tropiezo más elocuente de nuestros procesos electorales. Son los que no votan. Son los que empantanan las estadísticas electorales con grandes vacíos abstinentes.
Pero si quienes no somos panistas reconocemos desde el priísmo que Felipe Calderón es nuestro presidente, lo que sigue es que el partido en el poder federal reflexione muy seriamente sobre la conveniencia de entrar en un proceso pluripartidista de entrecruzamiento de objetivos que por principio, no destruya las tradiciones republicanas que tanto aportaron para alcanzar la modernidad que hoy disfrutamos.
En este proceso nadie debe encapsularse en su egoísmo. Es necesario que todos los individuos, de todos los partidos, pasemos por la compleja experiencia de yuxtaponer nuestra conveniencia partidista con un proyecto de nación donde la relación entre los poderes, llegue a niveles de ética política que no pongan en riesgo jamás, nuestras tradiciones republicanas.
Por lo pronto, el devolver la integridad al escudo nacional y la aprehensión de los promotores de la anarquía en Oaxaca, son señales que la sociedad entiende como muestra de que el presidente Calderón toma las riendas y revive al discurso épico. Haberlo escuchado, fue una experiencia histórica. Ahora, a lo que sigue.
Lo que sigue…